Sergio Pitol: Soñar la realidad

Publicado el Por Notimundo

Código Áureo. Por: Araceli Ardón.  

Sergio Pitol: Soñar la realidad

“Todo escritor deberá desde el inicio ser fiel a sus posibilidades y tratar de afinarlas; tener el mayor respeto al lenguaje, mantenerlo vivo, renovarlo si es posible”

Sergio Pitol, Soñar la realidad

Si toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son, Sergio Pitol está en estos momentos viviendo en los meandros de las pesadillas. Su vida transcurre en el mundo paralelo de los hospitales.

Su cuerpo es hoy el terreno donde se libran batallas contra las infecciones, la fiebre, la inconsciencia y la pérdida del habla.

Sus venas tienen clavadas agujas hipodérmicas conectadas a las sondas que depositan antibióticos y otros medicamentos en su sangre. Se ha vuelto un caso difícil para los médicos que desean prolongar la vida de este intelectual de valía, diplomático y escritor prolífico nacido en una comunidad llamada Potrero, en Veracruz, en 1933.

Infancia es destino: Ser niño en la selva

Potrero, con “un nombre tan distante a la elegancia”, diría el escritor en su discurso de aceptación del Premio Cervantes, era “un ingenio de azúcar rodeado de cañaverales, palmas y gigantescos árboles de mangos, donde se acercaban animales salvajes.

Potrero estaba dividido en dos secciones, una de unas quince o diecisiete casas, habitadas por ingleses, americanos y unos cuantos mexicanos. Había un restaurante chino, un club donde las damas jugaban a las cartas un día por semana, una biblioteca de libros ingleses y una cancha de tenis”.

Quizá por haber iniciado la vida en un espacio multicultural, casi cosmopolita, en la espesura de la selva caliente de Veracruz, el destino de Pitol fue viajar por el mundo, recorrer países distantes y paladear sus comidas, saborear sus vinos, hablar sus lenguas, conocer su gente y hacer un esfuerzo permanente por experimentar sus emociones, conocer su cultura y adquirir el bagaje de acontecimientos e hitos que la historia ha dejado en cada uno de esos sitios.

Las descripciones de la infancia de Sergio Pitol me recuerdan la narrativa de Jordi Soler, escritor mexicano nacido treinta años después de Pitol en otra comunidad veracruzana, enclavada en la exuberancia de árboles, flores, pájaros y bestias: La Portuguesa.

Si tiene usted unas horas para gozar la lectura de un autor contemporáneo que vive en Barcelona y tiene una pluma ágil, plena de asombro ante el mundo, no deje de leer a Soler.

Leer como terapia

Como muchos grandes lectores, Pitol inició su afición a los libros de una manera forzada. Al convalecer de paludismo, enfermedad que mermó su salud por años, se vio en la necesidad de llenar las horas muertas y de viajar simbólicamente a través de narraciones escritas por autores clásicos y contemporáneos.

Leyó a Dickens y Stevenson en su lengua original, porque los libros de la biblioteca que tenía a mano estaban escritos en inglés. Dedicó incontables jornadas a las inmensas novelas rusas de autores de la talla de Tolstoi y Dostoyevski.

Bebió las letras francesas de Proust y Verne. Al sentirse postrado por la enfermedad, sintió una enorme afinidad con Gregor Samsa, protagonista de “Die Verwandlung”, es decir, “La Metamorfosis”, escrita por Franz Kafka, magistral novela que relata cómo este hombre despierta un día transformado en un horrible, enorme insecto.

A partir de estas lecturas precoces y de su avidez de conocimientos, Pitol se transformó en escritor.

En 1993, en Xalapa, publicó el texto titulado “Chéjov, nuestro contemporáneo”. Ahí delinea sus afanes y comparte su visión sobre la literatura: “Afirma Cyril Connolly que el escritor debe aspirar a escribir una obra genial.

De otra manera está perdido. Esa contundente exigencia es, desde luego, estimulante, un latigazo para desterrar la haraganería, el conformismo, la tentación de la facilidad. Pero debe llegar a su tiempo, a menos que se quiera encaminar a las ovejas al desfiladero”.

Una suma mermada por infinitas restas

Como diplomático, Pitol vivió en París, Varsovia, Budapest, Moscú y Praga en calidad de agregado cultural de las embajadas mexicanas. Además, residió en Roma, Beijing y Barcelona.

Estudió en la Universidad de Bristol en la Gran Bretaña. Se puede imaginar la vida de trashumante que tuvo el escritor. Una vida que en momentos conlleva una pesada carga de soledad sobre los hombros, un dolor constante e inefable que se traduce en nostalgia al tener que abandonar un nido que ya sentía suyo: cuando el extranjero se siente en casa en una ciudad en la que ha hecho amigos, donde ya conoce las cuatro estaciones del año y se identifica con las rutas del transporte, donde ya tiene un peluquero que conoce su cabeza, un sastre que ha medido sus brazos, un barista que le ofrece el café en su exacta dosis y concentración, en ese momento tiene que partir hacia otro destino.

Otra casa donde buscar acomodo, otra lengua que estudiar con disciplina, otra soledad que vencer reinventando la rutina.

Dice Pitol: “Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas”.

Era sincero el autor de “El arte de la fuga”, libro donde se inscribe esta cita, al hablar desde el corazón sobre las pérdidas y la frustración, tema constante de quien emprende una y otra vez proyectos que carecen del presupuesto, el público o los resultados deseados.

Premios y reconocimientos

Autor de 25 libros, entre ellos “El tañido de una flauta”, “Domar a la divina garza”, “La vida conyugal” o “Todo está en todas las cosas”, ha venido a Querétaro en diversas ocasiones. Mi padre tuvo el privilegio de recibirlo en la estación de autobuses y de atenderlo en una de sus visitas académicas a la Universidad Autónoma, donde el señor Ardón era estudiante de un diplomado de Literatura y el maestro Pitol venía de la Universidad Veracruzana a dar conferencias de su especialidad.

Pitol ha recibido los galardones más importantes que se otorgan a los autores hispanoamericanos, entre ellos el Premio Xavier Villaurrutia por “Nocturno de Bujara”, el Premio Nacional de Literatura en 1983, el Premio Nacional de Ciencias y Artes en 1993, el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe 1999 y el Premio Cervantes, el más valioso de todos, en 2005.

Tras el caballero de la triste figura

Profundo conocedor del Quijote, Pitol comenta sobre la tensión que logra Cervantes entre la demencia y la locura de su personaje: “En cada aventura el cuerpo de don Quijote yace descalabrado, apaleado, pateado, con huesos y dientes rotos, o sumido en charcos de sangre. Estos acontecimientos hacían reír a sus contemporáneos, quienes leían el libro para divertirse. Pero en el subsuelo del lenguaje se esconde el espejo de una época inclemente, un anhelo de libertad, de justicia, de saber, de armonía”.

Nuestra época, querido lector, está signada por esos mismos anhelos.

El cuerpo de Sergio Pitol está hoy en manos de los médicos y de esos ángeles de ropas blancas llamados enfermeras. Su familia queretana está con él y busca afanosamente aclarar con el Gobierno de Veracruz la tutela que el DIF Estatal tiene sobre el escritor que ha sido uno de los mejores exponentes de la literatura contemporánea en español.

Deseo con enorme cariño que sus sobrinas Maricarmen y Cristina Pitol, mujeres inteligentes y llenas de talento, hayan podido comunicarse en forma directa con su tío.

El autor que ha escrito sobre los sueños y la realidad, en descripciones que con frecuencia tocan el tema de la vida en los hospitales, merece todo el apoyo que su patria pueda ofrecerle en justa recompensa por su trabajo en pro de la cultura.

Pitol debe ser reconocido por enaltecer el nombre de México en muchas partes del mundo.